Por Carlos Segalis
Este texto fue publicado originalmente en la Revista Telaví nº 0
La vecinita de enfrente
Ese día Alejandro se convirtió en un pionero: se casó dos veces. Antes de medianoche, rompió la copa en la jupá bajo la mirada sonriente de su novia Andrea, mientras el “¡mazal tov!” explotó desde la tribuna. Alejandro es judío; Andrea, católica. Una hora antes, el cura los había bendecido a una cuadra de diferencia del segundo sí. En una iglesia. “Ambos queríamos casarnos por nuestras respectivas religiones –recuerdan juntos cinco años después-, sin tener que resignar el lugar ni los rituales. Por lo que nos decían el cura y el rabino, fue la primera vez que se hizo algo así”.
En el caso del pueblo judío, casarse con una persona de otra religión (o su concepto siamés, peyorativo: casarse con un o una “goy”) constituyó, históricamente, uno de los grandes fantasmas del imaginario colectivo. Convertirse en cónyuge de un/a no judío/a representaba, lisa y llanamente, firmar la libreta de defunción del judaísmo, al menos para esa familia.
Sin embargo, frente a un contexto social en el que estudios como en el de la United Jewish Communities (UJC) los matrimonios mixtos en Argentina llegan al 43% del total (cifras similares a las de Francia, Inglaterra, y menores a las de EE.UU), distintas corrientes del pensamiento cultural y religioso no tradicional han planteado la posibilidad de entenderlos no sólo como una variante legítima sino -contrario a todo prejuicio- como un tipo de vínculo capaz de resguardar e incluso potenciar los rasgos de religiosidad previos de quienes se casan.
La tan temida asimilación debería producirse en el momento mismo que comienza la “luna de miel”. Sin embargo, en el caso de Alejandro, que siempre se había sentido parte de la colectividad judía “desde una visión laica”, “fue después del nacimiento de mis hijos que traté de conocer un poco más sobre el judaísmo”.
Ahora, ¿un judío se casa con una “gentil”, tiene hijos y a causa de ello afianza su identidad judía? Desde la perspectiva del rabino Adrián Herbst, decano del Seminario rabínico latinoamericano, “el judaísmo es un pueblo y en muchos casos opera como una guía de vida. Una persona que desde chico fue criada en un hogar judío, en los momentos claves de su vida añora y retoma elementos de esa parte de su identidad. Uno de esos momentos es el nacimiento de los hijos”. La postura oficial del movimiento conservador es no realizar ceremonias interreligiosas sin previa “conversión”, “pero vemos como una obligación ética el intentar integrar a aquellos que ya estén unidos y se quieran sumar a nuestras comunidades”, afirma Herbst.
De hecho, algunas ceremonias “reformistas” no siguen el más mínimo rito religioso, o lo reinterpretan a piacere. Alejandro Margulis, filósofo y docente universitario, aceptó la propuesta de una pareja amiga (él, judío; ella, católica), se disfrazó de rabino –con tzitzit y barba incluídos- y por la autoridad envestida por sus amistades, los unió en matrimonio.
Desde su perspectiva, este tipo de uniones “responden a una carencia en las instituciones religiosas de dar cabida a un nuevo modelo de conexión con las tradiciones. El judaísmo, para el no creyente, es más una forma de vida, de música, de comida, que una expresión religiosa en la cual el papel de Dios es lo fundamental. En este contexto, la plegaria y la liturgia ya no representan necesariamente un vínculo con el Absoluto. Es una respuesta espontánea al deseo de seguir siendo judío sin ser dogmático.”
Es decir, desde esta perspectiva, el rito –cambiar los cubiertos en Pesaj, ponerse zapatillas de lona en Iom Kippur, ir al templo o simplemente rezar- no configuran indefectiblemente la esencia de ser judío, sino formas de serlo. Pero la controversia no se afinca en el casamiento. El tema recién comienza ahí. El tema es el después.
El dilema de la prole
Más allá de la vinculación personal y subjetiva de los cónyuges con sus propios sentimientos espirituales (sea antes o después del casorio), uno de los principales focos de tensión al interior de la pareja habría de surgir al momento de encarar la educación religiosa de los hijos.
Otro Alejandro, que tiene un hijo de un año y otro de tres, plantea que “efectivamente la enseñanza religiosa es un problema, porque cada uno quiere transmitir su creencia”. Lo cierto es que hacia la década de los '60, en un contexto de ebullición política y quiebre social, sinagogas, escuelas y centros judíos comenzaron a priorizar el matrimonio bajo el marco de la liturgia religiosa por sobre la educación propiamente judaica. Muchas de estas instituciones fomentaron la reproducción de uniones tribales por sobre la enseñanza y la difusión religiosas. Ello derivó en un impulso de autopreservación a cualquier costo, en desmedro de la búsqueda espiritual.
Desde la perspectiva de la psicoanalista Tova Schvartzman, esta es una suerte de falsa dicotomía: “Lo que determina la religiosidad o no de los hijos es en gran parte el deseo de transmisión por parte de los padres. Cuando los progenitores dejan que decida el hijo por sí mismo, de algún modo no están dando cuenta de una necesidad por parte de éste de saber qué es lo que el padre hubiera querido que hiciera con respecto a su religiosidad. Y esta carencia los acompaña durante toda la vida, no sólo en la niñez”.
Cuando esto no se hace presente, lo que se pierde no es solo el mandato (expresado en una orden) sino también el legado religioso (que supera lo consiente), que no es exclusivo de los matrimonios entre judíos y no judíos. “En un matrimonio entre dos personas judías el judaísmo puede estar vaciado de contenido, y esto repercutirá también en la transmisión de ciertos principios religiosos. De lo que se trata es de darle un significado a aquello que se quiera transmitir y hacerlo inteligible para el chico no solo mediante imposiciones, sino también mediante actitudes”, asegura Schvartzman.
El clero contraataca
Los religiosos pura cepa no quieren saber nada con este tipo de ceremonias y lo que representan. Como afirma el Rabino Eliezer Shemtov, “No sólo que está prohibido para el judío casarse con una persona que no lo es por la Torah, sino que es imposible que se case. Puede haber convivencia y puede haber cohabitación, puede haber, incluso, procreación, pero no existe matrimonio”. Es decir, desde la perspectiva dogmática, la institución en sí misma no puede ser reinterpretada de tal modo.
Yehuda Ribco, el gurú rabínico del sitio “serjudío.com”, es incluso más tajante: “Ese tipo de matrimonio, se haga las volteretas que se hagan para darle cariz, apariencia, careta, ropajes de legal, no tiene ninguna validez legal. ¡Peor que peor! Es hacer de cuenta que es legal, firmando un documento trucho (falso), en una ceremonia trucha. ¿A quién engañan? A sí mismos... pues, el que santifica (consagra) la unión matrimonial es Dios... ¿Se lo puede engañar a Él?”.
Como se puede interpretar de la lectura de textos como los del rabino Daniel Oppenheimer, el gran temor histórico de la colectividad judía estuvo y sigue estando centrado en su posible exterminio físico (sobre todo después de Auschwitz) o social, si los judíos “de la Diáspora” se asimilan a las sociedades nacionales en las que viven. “Nuestros hogares son cada día menos estables y más permeables a las influencias ajenas”, dice el rabino en “La dificultad al momento de transmitir”. La exogamia, desde esta perspectiva, sería el resultado o la consecuencia de un largo proceso asimilatorio.
Pero si hay algo que caracteriza al ser judío es su capacidad de reinvención. Ceremonias interreligiosas como las relatadas aquí, podrían representar, no la asimilación absoluta, sino otra manera de pensar la propia tradición. Para el filósofo Darío Sztajnszrajber (autoproclamado judío laico y casado con una no-judía), “los nuevos formatos de matrimonios mixtos, van allanando un camino de apertura que, más allá de sus propias debilidades y virtudes en cada caso, conduce a un judaísmo en permanente cambio. Sin miedos ni dogmas (que es lo mismo), renunciando e intercambiando, cuestionando y preguntando. Siendo más judíos que nunca”.
El Mesías nos encontrará unidos o dominados
Mas allá del significado manifiesto o latente de los matrimonios interreligiosos, el gran problema que se le presenta a la comunidad judía en la actualidad pasa por qué postura adoptar frente a este hecho concreto e ineludible, capaz de suscitar variados escándalos. Para Moisés S. Fachler, doctor en Derecho de la Universidad Sorbonne Paris y Codirector del Board of Deputies de la B'nai B'rith Internacional cómo actuar frente a este tipo de situaciones -donde se juegan intimidades, afectos, vidas y destinos humanos-, constituye “la pregunta por la ética del proceder dirigencial” de la colectividad.
El desafío –siempre según este autor- pasaría por inventar e implementar espacios para que se alojen y se nutran aquellos que fueron históricamente condenados al ostracismo (como la comunidad homosexual judía, por ejemplo). “Aprender a convivir en la diversidad y con la diversidad (…) constituye un imperativo categórico para nuestras juderías. Hemos de enfatizar lo común, lo que nos une. Y hemos de reconocer, de considerar y de respetar lo que nos separa. Nos separan nuestras particularidades, y también nuestras singularidades. Nos une nuestra común pertenencia al pueblo judío, nuestra renovada vocación de pertenecer a él”
Puede ser que entonces ya no será pertinente la disyuntiva paternal judaica “novia goy o novio judío gay”. En un futuro, quizás todos, todos, podrán ser judíos.


1 comentarios. Déjenos su comentario:
muy buen texto. coincido con el planteo del autor. Hay que incluir a los matrimonios mixtos y sus hijos en la kehila.
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