jueves, 3 de enero de 2008

Del maniqueísmo de mi bobe

Por Mario Linovesky

Sí, mi bobe** era maniquea, apasionadamente maniquea ¿y qué, ah?. ¿O es que acaso la inmensa mayoría de los judíos no lo somos apenas se nos presenta la oportunidad de “auto-situarnos” del lado de los buenos, mientras que al mismo tiempo y sin dudar calificamos de protervos a los del inmenso resto? Y es basado en eso que no lo digo simplemente, sino que lo afirmo: desde nuestro punto de vista, lógicamente que unilateral por donde se lo mire, los de nuestro pueblo somos siempre los buenos y los goim los malos, así, sin medias tintas. ¿O es que mi bobe hablaba por hablar? Por caso, no se me borra de la memoria aquella vez, siendo principios de la década de los 50, en que se enteró, cosa que la dejó boquiabierta, que en el Israel recién reestrenado había cárceles. ¿Cuál fue su razonamiento y conclusión?: “¡seguro que son para los árabes!-“ exclamó, sin dejar lugar para mayores y sí que inútiles discusiones. Y trate uno de intentar contradecirla, si ella hasta se animaba a desmerecer en sus opiniones al mismísimo David Ben Gurión. Del que ya que lo menciono recuerdo como disgustó a mi bobe con sus declaraciones pragmáticas, al aseverar que “éste” (refiriéndose a Eretz Israel, por supuesto) recién será un país normal, el día que tenga ladrones y prostitutas propios”. “Vaya desparpaje (“desparpajo”, en su particular mezcolanza de castellano e idish) el del Viejo, se espantó mi bobe al oírlo, ¿ladrones y prostitutas judíos?, Duved se volvió loco, me parece”. Claro, ella, que se llamaba Clara, era una mujer de su casa e ignoraba todo sobre la existencia del Tzví Migdal en Rosario y de los gángsteres con “brit milá” made in USA; que si no..., apuesto a que hubiese porfiado lo mismo.

El tiempo sin embargo pasó y le dio la razón a nuestro mítico primer Primer Ministro de largos cabellos canosos y despeinados, Israel en el presente es ya un país normal (más o menos, no exageremos tampoco) y como tal tiene su propio sub-mundo de rameras, ladrones, estafadores, narcotraficantes, y... políticos. Bajo fondo delincuencial del cual solamente estos últimos, algunos de ellos, no todos, ¡Todá la Él! (Gracias a Dios) gozan de impunidad total... hagan lo que hagan.

Y sí, según nuestro leal saber y entender los judíos somos indefectiblemente los buenos. Y los judíos israelíes, aún mejores. Los nombrados más arriba, un listado del que excluiría a las prostitutas ya que las pobres lo único que hacen es ganarse la vida y con no poco sudor y nauseas, al fin y al cabo representan esa tan promocionada “excepción”, que según dicen algunos confirmaría la regla.

De cualquier modo y aunque no nos cautiven demasiado, disfrutamos como país normal de nuestros propios ladrones, narcotraficantes y estafadores a los qué y para ampliar el equipo podríamos agregarles algunos “kablanim” (contratistas de mano de obra para la construcción) que se aprovechan de las necesidades ajenas, quienes pululan diariamente entre nosotros, salvo que previamente los hayan cazado y puesto entre rejas. Ya que para todos ellos, a fin de combatirlos contamos con la también propia policía, que siendo judía es tremendamente eficaz, como su origen lo impone.

Pero ¿qué podemos hacer con los políticos, si al fin y al cabo somos nosotros mismos quienes los elegimos y que tienen la potestad de votar las leyes con las que se rige esa policía?. Siendo que en verdad resultaría saludable decidir de una buena vez que hacer con ellos, porque de un tiempo a esta parte se han venido luciendo, pero no para bien precisamente.

En este punto escucho una voz reprochante, que enervada me conmina: “detén tu pluma escribidor (mal escritor según el diccio), ¡al tagzim! (no te propases). ¿Con qué derecho acusas a tan preclaros hombres de no obrar como se debe?”. “Jabub, le contesto, los ejemplos son tantos, que abruman”. Y sin dejarlo interrumpirme nuevamente, le enrostro un montón de hechos por ellos protagonizados, que me eximen de mayores comentarios. Y ahí emerge entonces un tal rabí Arie Deri, deri-vando indebidamente dineros públicos a las arcas de sus ieshivot (si hay algún temerario que tenga la osadía de afirmar que parte de esos dineros fueron a parar a los bolsillos del susodicho rab, que se haga cargo de tamaña acusación; jaz ve jalila que yo piense o sospeche semejante cosa). Enseguida y para no dar lugar a sorpresas hace su aparición en escena nuestro insigne y calenturiento ex presidente Moshé Katzav, apropiándose por la fuerza de los cuerpos (desde luego que de las partes más apetitosas de ellos) de sus empleadas, sobre todo de aquellas que se oponen tozudamente a su babosa proximidad. Más luego ingresa al palmarés el premier Ehud Olmert, a quien se le atribuían, entre otras irregularidades, manejos turbios en la privatización del Bank Leumí. Y algo antes ya lo había hecho el hijo de Arik Sharón por...; y en el medio, debido a diferentes motivos, se acusó a Jaim Ramón y a Tzaji Hanegbi de..., y... y... un tan larguísimo, como preocupante etcétera.

Pero además de los nombrados hay otros individuos de parecida estofa, los que a pesar de guardar un bajo perfil y esquivar de aparecer en las crónicas criminales, de hacer daño saben mucho. Fíjense que hasta a mí, que vivo a 14.000 kms. de distancia del lugar de los sucesos, me han hecho también víctima de sus despojos. ¿Cómo fue la cosa, queréis enteraros?, pues leed ésto que escribí hace un año en un artículo titulado “La Culpa no es del Chancho…”, sobre las carencias legales que aquejan a Israel para enfrentar a los Naturei Karta por ejemplo, una idea a la que por ese tiempo yo no le conocía antecedentes en el mapa jurisprudencial israelí:



“¿por qué se les permite conspirar libremente contra el país (a los Naturei Karta), cosa que se reitera con harta frecuencia, cuando en algunos casos simples muchachitos laicos, por manifestarse “objetores de conciencia” pero ofreciéndose a servir a su país de cualquier otro modo, son víctimas de pesadísimos castigos?. Para estos individuos (de nuevo los Naturei Karta) ¿no hay o no se puede votar una legislación especial que reprima su accionar?. En Israel ¿no existe como en otros países, la figura de Traición a la Patria?. ¿O resulta que Israel tiene que seguir demostrando a los de afuera que es democrático a ultranza y acata ese letal disenso interno, por más que le duela o afecte? ¿O peor aún, que no reacciona frente a toda esa mugre, para seguir guardando un pretendido respeto por las mafias religiosas en particular y así no incomodar al “sensible” público creyente?”



¿Leyeron bien?. Bien, tal parece que algún político también lo leyó, porque en la Kneset hace poco se presentó, sorpresiva y furtivamente, un proyecto de ley que contempla ese cuadro de Traición a la Patria por el que yo me preocupaba y las consecuentes represalias a sus trasgresores. Iniciativa magnífica ésta, porque le servirá a la Mediná para deshacerse de, o castigar como se debe a, todos aquellos que haciendo abuso de una mal entendida democracia agredan o comprometan la normal marcha y hasta la mismísima sobrevivencia del país, aliándose con el enemigo. Con mi esperanza claro, en tanto “imaginador” primigenio del castigo de marras, que no se vayan a copiar del maniqueísmo de mi bobe Clara y lo usen sólo contra los árabes israelíes (a algunos de los cuales sin duda que también les cabe esa fuerte sanción), sino además contra todos aquellos religiosos ortodoxos que apoyan a los persas aún prenucleares, así como a la militante ultra izquierdista Tali Fajima, que pasó datos fundamentales sobre defensa a los popes del terrorismo islámico, en tanto se manifiesta amiga personal de ellos.

Ahora bien, “be ezrat Hashem” (con la ayuda de Dios) tendremos la ley y podremos darles de patadas en el trasero a los traidores. Eso reconforta. Pero es en este punto donde también se regodea una gran injusticia. Porque el reconocimiento por este fundamental logro, le será brindado únicamente al legislador que me birló la idea. Y el individuo, además de las palmadas amigables en la espalda en premio por haberse “desvelado” por la salud de la Nación, continuará recibiendo, luego de esa su intervención y más legítimamente que nunca según público reconocimiento, el exorbitante sueldo que ya cobraba antes... por no hacer absolutamente nada.

¿Y yo, que lo pensé primero?. ¿Acaso no he hecho también mi aporte como para merecer algún tipo de recompensa? Porque con esa gansada que se le adjudica a John F.Kennedy de “en vez de preguntarte que puede hacer tu país por ti, piensa en que puedes hacer tú por tu país” todos sabemos que no se come. Siendo que después de todo no es mucho lo que pido, ya que con un viajecito a Israel me pondrían de lo más contento.

Pero, mientras espero sentado y desesperanzado por el tal estímulo y para no dilapidar un tiempo que no me sobra ni tampoco a ustedes, aprovecharé a desarrollar algunos pensamientos sobre el futuro, ese que se nos viene encima. Y aquí es justamente, cuando todo lo escrito aparenta ser el desatino propio de un lunático, donde todo se entrelaza y aclara. Aunque para ello deberé poner primeramente blanco sobre negro, para evitar que quienes no me conocen piensen, si acaso llegaron a este punto de la lectura, que soy un oportunista. Y quienes me conocen, lo mismo. Porque estará mal pensado, mis queridos lectores y amigos, ya que mi trayectoria en el campo de la hasbará de modo alguno presenta fisuras y mucho menos permite que se sospeche de una animadversión mía hacía el judaísmo e Israel. Aún así, conviene que les entere de un pequeño detalle. Y es que mi reloj atrasa. De modo tal, que la marcha del amor que siento por mi pueblo y su país representativo es como si se hubiese plantado en el tiempo, situándose en mejores, pasadas y sí que gloriosas épocas.

Sucede que, salvo para la mentalidad enferma de los negacionistas, como pueblo fuimos víctimas de un criminal y programado genocidio. Mientras que más tarde, como Estado independiente, aunque fueron otros los actores, hubo la pretensión fallida de continuarlo. Estos dos escenarios, desesperantes por cierto, nos obligaron sin embargo a ser mejores con nosotros mismos, ayudándonos los unos a los otros; y ciertamente que vivimos un tiempo de gran felicidad practicándolo. Pero en la actualidad todo cambió radical y abruptamente, cuando un feroz individualismo se apropió del alma humana a lo largo y ancho del orbe y nos arrastró a nosotros también. Y gracias a ello se esfumaron por ejemplo los empleos que los judíos más acomodados daban a los carecientes de su palo en el galut y esos ensayos de socialismo humanista que distinguieron en sus inicios al Estado de Israel y lo llevaron al tope de la admiración mundial. Razón por la cual la nación hebrea, bíblica inventora e introductora de la ética y del amor al prójimo en nuestra civilización, notamos que de pronto dio una voltereta y a la imprescindible resolución de primero mi pueblo y después yo, le impuso su anverso: el primero yo y después mi pueblo (vaya paradoja, más o menos lo que decía Kennedy). Trasladándolo al juego llamado ajedrez y viendo como es llevado de la mano por jugadores necios y torpes (nuestros gobernantes actuales), notamos que los mismos hicieron un irresponsable enroque donde aparentemente o no tanto se buscó salvar la torre (el yo) y se arriesgó y sigue arriesgando imprudentemente al rey (el pueblo en su conjunto), dejándolo prácticamente inerme ante las arremetidas de alfiles, caballos, torres y reina (árabes terroristas, terroristas a secas y judeófobos al acecho) enemigos.

Sopesando todo lo antedicho y por los grandes riesgos que ello presupone, un dejo amargo me invade. Y me hace olvidar el maniqueísmo de mi bobe ya que a ella la guiaban los mejores sentimientos, pese a su extremismo conceptual. Pero viendo el Israel de hoy, rebosante de políticos corruptos y totalmente desrumbados, un temor muy grande se instala en mi corazón y tiemblo de sólo imaginarme lo que se viene. Y es por dicho motivo que planteo y exijo encontrarle una solución a tan temblequeante futuro, cada cual aportando lo suyo. Yo por ejemplo y para demostrar mi desprendimiento, renuncio al viaje que antes reclamé. Pero el resto de los judíos ¿qué hará para paliarlo?. A tales efectos hace poco leí un interesante artículo de Julián Shvindlerman, donde el “yinyi” columnista presentaba una solución tan contundente, que me causó estupor que ningún otro genial componente de un pueblo genial como el nuestro la haya esbozado antes. Y es a tal punto sencilla, que con un poquito de voluntad ya la tendríamos instalada: “simplemente volver a ser... lo que éramos al principio de nuestra Mediná”. Siendo que también la golá podría imitar el desafío y tomar para sí ese lema mosqueteríl de D’Artagnan y sus laderos, que versaba “uno para todos y todos para uno” y dejar, por un lado su dirigencia de hacer política ineficiente y personalista y por el otro los socios preocuparse más por lo que pasa en el seno de sus comunidades. Porque un gran peligro se cierne sobre nosotros y no es Ajmadinejad y su bomba, ni Siria con sus amenazas, ni los ataques antisemitas que vienen ocurriendo aquí y allá, sino la dispersión individualista en la que nos hemos precipitado y de la que en tanto sigamos incursionando imprudentemente y sin hacer nada por el otro, ya no podremos escapar y desapareceremos. Y ésto, perdónenme, de humorístico no tiene absolutamente nada.

¡¡¡Lejaim!!!

* Autocrítica jocunda mediante la cual afirmo que lo serio, si se lo toma con una pizca de humor, se vuelve doblemente serio.

** Bobe: abuela en idish.

0 comentarios. Déjenos su comentario: