sábado, 5 de enero de 2008

El último abrazo


Ehud Olmert – Maariv

Exactamente hace dos años, el 4 de Enero, Arik se sumió en un profundo coma del cual no se ha recuperado.


Dos años son escasos en la vida de un país. Un soslayo que no deja su sello particular en las páginas de la historia de un pueblo. Dos años es un tiempo muy prolongado en la vida de un Primer Ministro. No lo sabía, aunque me parecía que decenas de años merodeando estas oficinas, te capacitan para todas las vivencias.

Aquella noche se contactó conmigo el secretario del gobierno Israel Maimón y me dijo: “En línea se encuentra el Asesor Jurídico del Gobierno, y me cabe comunicarle que debido a la imposibilidad del Primer Ministro de cumplir con sus funciones, las mismas le han sido conferidas a usted.”, manifestó sin agregar nada más.

Ese mismo día después del mediodía, lo vi a Arik por última vez. Estaba agobiado y arrugas de pesar se estiraban por debajo de su frente hacia su entrecejo. Estábamos en su habitación, que actualmente es mi oficina. Nos mofábamos de los cuidados médicos que debería pasar al otro día, y nos despedimos con un abrazo. Arik, estaba triste, y resultaba imposible no notarlo. No me imaginé lo que sucedería pocas horas después, y no sabía que con ese postrero abrazo me despedía de un gran hombre por última vez.

Desde entonces, pensé reiteradamente en las horas en que Arik se sentaba totalmente solo en su habitación, en la cual paso yo la mayoría de las horas del día.

Cavilo una y otra vez qué es lo que no alcanzó a pensar antes de irse, qué es aquello por lo que no alcanzó a enojarse, que es lo que no pudo perdonar. Y principalmente: si por acaso redactó para sí mismo conclusiones parciales, si alcanzó a lamentarse porque sintió que quizás falló, por lo que ya no podrá hacer.

Hoy en día, nosotros podemos afirmar positivamente qué es lo que sí alcanzó a hacer. Y sus logros fueron excepcionales, en la dimensión de los fundadores, de las primeras generaciones, y que él aparecerá como uno de los últimos y quizás uno de los más grandes entre todos ellos.

Luchó por el establecimiento del Estado como pocos lo han hecho, no precisamente sobre los estrados de disertaciones, sino en el campo de batalla, inundado de sangre, cuando la mayoría de sus camaradas y comandantes no regresaron del mismo.

Él, más que cualquier otro militar, diseñó la imagen del Ejército de Israel en sus primeros días, aún antes de fundir sus estructuras y se cristalizaron las tradiciones que tuvo la derecha como consigna reconocida como “síganme”, que fue el lema de la lucha vencedora del pueblo de Israel.

Participó en todas las contiendas en la primera línea de fuego, en todos los largos años en los que la existencia del Estado de Israel estaba signada con un signo de interrogación, y su futuro dependía de su tozudez, valentía y fuerza que el mismo irradiaba.

Del campo de batalla militar pasó al frente de batalla político. Aunque no era justamente su pasturaje natural, también allí quiso estar a la vanguardia, a fin de moldear su fisonomía, sus fronteras y la construcción del país.

Cuanto más responsabilidades cargó sobre sus hombros, así comenzó a cambiar el panorama del mundo en relación al futuro del Estado de Israel. No perdió su entusiasmo, su insistencia y su vocación de misión, pero dejó de ver el futuro a través de un horizonte de montañas que alguna vez quiso construir en Yehuda y Shomrón. Comenzó a percibir las fronteras y limitaciones, y supo que el momento en el que debería cambiar de rumbo, estaba cerca.

La desconexión fue el primer paso de un largo camino, que Arik estaba convencido de levar a cabo en su totalidad.

No debo hablar por él, tampoco sobre cómo consideró enfrentar a lo que comprendió debería hacerse en el corto período que se impuso, hasta dejar la batuta y regresar finalmente a sus ovejas que tanto amaba y a los campos donde el aroma de la tierra lo llevaba impregnado.

Me resulta claro que él entendió con profundidad en este lapso de historia del pueblo de Israel, que había llegado el momento de realizar un alto, e intentar guardar lo que ya se ha logrado, aún con el precio de renunciar a la concreción del sueño de un Eretz Israel más grande, pero más dividida, más sufrida e inmersa en una guerra interminable.

Quizás la simpatía que experimentó en estos últimos años, divide al público que reflejó hostilidad e incluso odio hacia él por tantos años, no realmente lo consoló por haber perdido ese sueño, y reconocer que la realidad le exige claudicar sintiendo un rompimiento interno profundo por todo lo que amó y anheló cristalizar.

Arik está entre nosotros todavía, aunque esté desconectado de los emprendimientos diarios, y del contacto humano con muchos con los cuales se siente mancomunado toda su vida. Pero su propio relato de vida es el relato de la vida de Medinat Israel, y en síntesis, es una historia dramática, apasionante, única por su potencialidad, la cual llegará el momento de ser contada en toda su plenitud.

Estoy sentado hace casi dos años en el lugar del cual fue arrebatado aquella noche. No me pregunto a diario, lo confieso, que es lo que habría hecho. Sé que los que catalogan los eventos, les gusta preguntarse en nuestro lugar, que habría hecho el que me precedió en el cargo, cómo se habría comportado, qué hubiera decidido.

Yo renuncié a esta costumbre deprimente, y en su lugar intento hacer lo correcto e importante hoy día, en esta tensa realidad, con los consiguientes cambios que forman parte de nuestra rutina de vida, con entrega, en pro de la idea central que diseñó y condujo la vida de Ariel Sharón: Como mantener una Israel fortalecida, segura, que absorbe la aliá, fortalece su judaísmo, abierta para honrar a todos sus ciudadanos, y proponer a todos la posibilidad de un futuro con esperanza. En el lugar donde ahora se encuentra Arik, y si en realidad pudiera hacerlo, seguramente diría: “Ve por este camino, con fe, y conduce al pueblo de Israel”.

Traduccion: Lea Dassa

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