jueves, 3 de enero de 2008

Somos una generación refinada

Por Jonathan Yavin – Yediot Aharonot
Traducción de Lea Dassa - Especial para
La Voz Joven

No somos buenos para muchas cosas (aunque nos parezca que somos los mejores en todo), pero en algo no tenemos competidores entre las naciones del mundo: en el fraccionamiento. Nos fraccionamos en derechistas e izquierdistas, en laicos y religiosos (también allí, en ortodoxos y nacionalistas y tradicionalistas), en árabes y judíos (y también allí en ciudadanos y los que no), en asquenazíes y orientales, en nuevos inmigrantes y en veteranos - todo lo que venga. ¿La verdad? Muy raro si queda el “nosotros” que proteste por la escisión. Este es el verdadero milagro israelí.

Y en las etapas sombrías, ocultas a la vista, existe otra fracción, escondida y olvidada así como esencial y percibida: Entre los israelíes que viven la realidad de la amenaza existencial y aquellos que la viven como “el cliente siempre tiene razón”. Entre los seguritistas y los civilitistas. Los primeros ocupados en la amenaza iraní, los últimos cavilan sobre el presupuesto de cultura y educación, la violencia en los caminos y así sucesivamente.

Preguntar quién tiene razón, es una estupidez. El seguritista tiene una excusa sólida y también el civilitista tiene lo suyo: Después de 60 años nos merecemos un Estado con todos sus agregados, y si por los corredores hay suficiente dinero para robar, también lo hay para invertir. Cuando los primeros exageran en sus exigencias, eso se traduce como paranoia. Cuando los últimos exageran, ellos se ven como desconectados de la realidad. La verdad, como siempre, compró un boleto en una buena ubicación en el medio.

Con el correr del tiempo las dificultades aumentan, agrava la amenaza de seguridad y la amenaza del orden interno, y profundiza la escisión entre ambos sectores, el civilitista anhela que le permitan vivir en este país. El seguritista dice: primero respiremos, después veremos si es posible también vivir. La diferencia radica en que el seguritista reconoce la penuria del civilitista, y sabe que la vida sin calidad no es vida. El civilitista, por su parte, desmerece fácilmente al seguritista, y lo ve como un machista paranoico, a pesar de que se sabe que el ser paranoico no significa que no te persigan.

Parecería que entre la huelga de maestros y la evasión del Ejército, las protestas continúan sobre la calidad del servicio, olvidamos que también hay aquí una guerra; que el país aún no ha terminado de establecerse (hasta el punto de carecer incluso de fronteras definidas); donde actos terroristas son acontecimientos diarios; que el terrorismo es un peligro real e inmediato; que las escuelas son atacadas con bombas y que en cada centro comercial un agente de seguridad te inspecciona con su instrumento detector.

Israel no es un país cívico. Es un país militar. Es una situación que no merece vituperio ni tampoco menciones heroicas, es así de simple la situación, y el que lo niegue se está mintiendo a sí mismo. Es posible y recomendable tratar de olvidarlo a veces tras un pocillo de café o una película en el cine. Pero no debemos consagrarnos a relegarlo, y en el final formularnos la pregunta: que puede el país hacer por nosotros, en lugar de qué podemos hacer nosotros por el país.

El tesoro nacional llamado “Medinat Israel” está ubicado allí, en el centro del círculo de todas las fracciones, y todos la sujetan y la empujan en distintas direcciones. Y al final de cuentas, se romperá en pedacitos.

Muchos se preguntan si Israel es un proyecto temporario, y la respuesta es: sólo depende de nosotros. Somos la generación que lo determinará. Somos los que debemos dejar de protestar y comenzar a actuar: somos un país refinado. Después de toda la grosería, la arrogancia, la crueldad y la vulgaridad: somos un país refinado.


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