miércoles, 26 de diciembre de 2007

Es terrible ser Primer Ministro


También para el Primer Ministro, para cualquier Primer Ministro en Israel, hay momentos durante su cadencia, en los cuales está solo en su oficina e insulta el día que le ha tocado: ¿para qué necesito esta cadencia? Y esto le sucede generalmente cuando se enfrenta a la necesidad de tomar decisiones, que de ninguna manera los ciudadanos del país, estarán satisfechos por haberlas tomado.

Por ejemplo: Liberar terroristas con “sangre en las manos” a cambio de un soldado o ciudadano israelí secuestrado, cuya vida corre peligro en manos de sus secuestradores. Debemos liberarlos?

Los primeros ministros, ministros de seguridad, saben mucho más que cualquiera de nosotros, cuánto esfuerzo, cuánto personal y dinero y en ocasiones años – así es – se invirtieron persiguiendo a un terrorista con “sangre en las manos”. Cuántas noches de vigilia y a veces también vidas humanas en nombre de este esfuerzo, hasta que por la medianoche suena el teléfono y el Primer Ministro y el Ministro de Seguridad escuchan del otro lado del auricular: “Lo tenemos en nuestras manos”. Ese “lo”, la mayoría de las veces, es un terrorista que asesinó a decenas de israelíes.

Es ridículo hacer un diagnóstico entre aquel que presionó el interruptor de la bomba o el gatillo delgado de un kalachnikov – y es él con “sangre en las manos” – del que lo envió a llevar a cabo la masacre. La mayoría de las veces el que envía, el comandante, el que dirige es el más peligroso, él es el que volverá a reincidir. La “rebaja” en el precio de “sangre en las manos” que se proponen brindar a quien en concreto no efectuó la acción deplorable, es superficial y enfurece y está destinada mas bien a las relaciones públicas. La decisión de liberar también a gente como ésta (¿gente?) es, como ya se ha dicho, el momento más aciago de todo Primer Ministro.

Si existe un miligramo de comprensión sobre esta necesidad en el Primer Ministro, ella se origina a partir del hecho y de la suposición que bullen en el que está al frente del país. El hecho es que cerca de medio millón (¡!) de palestinos, estuvieron desde el comienzo de la Intifada, en 1987, en las cárceles de Israel. Casi uno de cada cuatro palestinos, desde el recién nacido hasta el anciano, desde un día preso y hasta 20 años y más. En realidad, es una fuente interminable, un pozo que se llena intermitentemente.

Y la suposición es – qué terrible escribirlo – llegará el día, más tarde o más temprano, que el Estado de Israel estará obligada – no tendrá otra salida- que liberar por siempre a los miles de asesinos. El que quiera, el que sueña, el que lucha por una paz verdadera con el pueblo palestino, debe considerar que un acuerdo de paz real originará que los portones de las cárceles se abran de par en par algún día, y todos los pérfidos sonreirán y levantarán los dedos de sus manos mostrando la letra “V” de la victoria, del triunfo.

Así fue, y así pasó en todos los países del mundo que se enfrentaron a similar conflicto, cuando “terroristas” a los ojos de una de las partes y “combatientes por la libertad” por la otra parte llegaron a la mesa de las conversaciones y a la paz (y si alguien necesita recordarlo, con la debida diferencia a tomar en cuenta) así sucedió cuando los británicos finalizaron el mandato y abandonaron el país). Qué terrible será ese día. Es horrible, en ocasiones, ser el Primer Ministro de Israel.

Fuente: Yediot Aharonot
Autor: Eitan Haber
Traducción: Lea Dassa - Especial para La Voz Joven

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