miércoles, 26 de diciembre de 2007

Mártir por imposición y héroe por elección

Por Mario Linovesky

De los cientos de viandantes que transitan cotidianamente por la ciudad de Lima (capital del Perú), no pocos, y seguramente sin prestarle mayor atención, se habrán cruzado con un matrimonio de edad madura en alguna de sus calles.

Pero quienes por naturaleza son observadores y reparan en los demás, habrán notado que el hombre, pulcramente vestido y acicalado, cojea. Y seguramente que entre tantos caminantes no faltarán aquellos que gustan ir más allá, y buscarán imaginarse el o los motivos de dicha cojera. Sin embargo, de todas las conjeturas que esos seres imaginativos puedan hacerse, difícilmente alguna vaya a dar con la auténtica razón de la tal dolencia, salvo que conozca con antelación al humano que la padece.

Yo intimé con la historia de este hombre, sí que fortuitamente. Porque el señor de marras es un enviador compulsivo de mails y mi esposa uno de sus centenares de receptores. Como establecieron contacto por obra de la casualidad, ella, en vista de la cantidad de correos que recibía, quiso enterarse quién era y que hacía su remitente. Y evidentemente lo sorprendió en un momento de gran vulnerabilidad, ya que en lugar de contestarle en pocas palabras sobre su persona y ocupaciones recibió del susodicho un estremecedor escrito (elaborado por él mismo), que la dejó alelada.

Iehuda Perl, el autor del texto citado, es una persona asaz modesta y lo escribió al sólo efecto de que sus hijos conociesen lo que él había pasado en su niñez y adolescencia, bajo la ocupación nazi. Y lo hizo sin ningún tipo de especulaciones. Sin embargo se trata de algo tan estremecedor y doloroso, que su lectura cala muy hondo y llega, retorciéndola totalmente, hasta el fondo del alma. Por ello establecí contacto con este amigo y, con algún trabajo, conseguí convencerlo de que su historia debía darse a conocer al gran público, por cuanto aporta mucho de nuevo a todo lo ya conocido con respecto a la cruel época hitlerista. Como muestra de su desinterés, el hombre me ofreció a mi, escritor aficionado, que elaborase un libro, honor que decliné en razón de que el sayo me quedaba demasiado holgado y ésta es una historia que merece la pluma de un escritor en serio. Pues bien, hasta ahora todo quedó en suspenso, pero sigo insistiendo en que las peripecias pasadas por Iehuda merecen salirse del anonimato, más en estas épocas donde el negacionismo está haciendo pie firmemente en muchos puntos del globo. De cualquier modo le aporté una especie de prólogo y hasta me animé a sugerirle un título, los que transcribo a continuación, en afán de enaltecerlo:

EL DESPERTADOR DE IEHUDA

PRÓLOGO

“Según él mismo nos cuenta nostalgiosamente sobre aquellos, sus lejanos tiempos de chiquillo, Iehuda Perl tuvo una infancia verdaderamente feliz. Nació y se crió en el seno de una familia judía bien constituida, y de gran prestigio y predicamento en la sociedad en la que se desenvolvía. Desde muchas generaciones atrás, los Perl habían sobresalido tanto en el comercio como en la vida comunitaria y por ende habían logrado una sólida posición económica y un no menos sólido ascendiente sobre sus vecinos, judíos o no, quienes solían consultarlos antes de acometer cualquier emprendimiento, y, también, para resolver las disputas que entre ellos se suscitaban. Su actuación además, ya fuese comercial o societaria, no sólo abarcaba la zona donde la familia moraba sino que se extendía a otras más distantes, a las que su fama de gente proba había llegado y afincado.

En ese entorno creció Iehuda, de modo que su niñez, cobijada dentro de esa estructura ejemplar que constituía su espacio familiar, se desarrolló en la placidez propia que semejante base puede brindar. Como buen niño que era, tenía amigos con quienes estudiar y compartir juegos, lo que le insumía la mayor parte del día. De hecho también ignoraba, como no podía ser de otra manera para la mente de una criatura de 6 años, lo que sucedía en los lugares algo alejados a su radio de acción. Acompañado constantemente por familiares y amigos, sano y bien alimentado, y en plenitud de su estado emocional, ignoró asimismo otros acontecimientos inquietantes, que se venían desarrollando cerca de su país: Hungría. Lo que sigue, es una semblanza de cómo toda esa bienaventuranza se transformó en el peor de los infiernos imaginables, con cuanto sufrimiento y pérdidas logró sortearlo en el decurso de años, para por último, en vez de conformarse con haber podido escapar vivo de esa durísima prueba y alejarse de todo lo que significase violencia y riesgo para su persona, alistarse voluntariamente en una endeble y mal armada Haganá (embrión del hoy poderoso Ejército de Defensa de Israel) para, más que nada a fuerza de coraje y voluntad aportar junto a un puñado de patriotas, al plasmado del máximo y milenario sueño judío: tener su propio Estado, libre e independiente.

Iehuda, tal como él mismo se ocupa de aclararlo, nunca quiso dar a conocer públicamente sus incontables peripecias, ni los métodos y tretas que debió utilizar para sobrevivir. Además que su humildad y sus muchas pérdidas le indicaban como inapropiado (ya que le parecía ostentoso) el contar su posterior e incondicional entrega a favor del naciente Israel, luego de haber pasado por todo lo que pasó. Sin embargo, el actual y demencial rebrote de la judeofobia que hoy se advierte aquí y allá lo hicieron deponer su renuencia y obrar tal como si fuese un despertador, a fin de alertar al mundo (y a los descreídos de su propio pueblo), que las barbaridades que él vivió en persona volverán a suceder, si nadie se ocupa de ponerles freno.”


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Cuando hace unos meses conmemoramos la Shoá, visualizamos una película dirigida por Luis Puenzo y auspiciada por Steven Spilberg. En ella, sobrevivientes de la matanza relatan episodios desgarradores, de los que fueron protagonistas y víctimas en persona. De haberla tenido Puenzo a su alcance, sin duda que en esa cinta también figuraría la historia de Iehuda, que como todos los demás sufrió idéntico calvario, por el solo hecho de haber sido judío en aquellos oscuros años. Aunque con un agregado, que de ninguna manera minimiza lo padecido por los otros, pero que a él lo eleva al sitial de héroe. Ya que comparte con quienes aparecen en la cinta la poco envidiable condición de mártir, pero difiere con ellos en el día después del final de la guerra, cuando en vez de preocuparse por su sobrevivencia futura viaja a Tierra Santa y se enrola en la Haganá. Y en sus filas lucha contra los invasores ingleses y contra los no menos invasores árabes, quienes se habían allegado a la zona deslumbrados por los logros de los pioneros judíos y los trabajos que éstos les proporcionaban. Para, una vez asentados pretender apropiarse de la riqueza creada por aquellos adelantados hebreos transformándose en lo que hoy conocemos como “pueblo palestino”, nombre éste adoptado recién... en 1964.

En esa contienda, que obligaría al Reino Unido a abandonar la región y a los árabes a replegarse fue que Iehuda recibió un balazo en la pierna, herida de la que aún hoy no se ha sobrepuesto del todo y que es el motivo de su cojera. Sin embargo el objetivo que se propusieron Iehuda y otros como él fue conseguido y gracias a su empuje, voluntad y valentía, hoy los judíos disfrutamos de un país propio, pujante y con futuro. Y es por ello que para los días en los que recordamos la Shoá y casi al mismo tiempo celebramos nuestro Iom Haatzmaut (Día de la Independencia), propongo un especial homenaje a este verdadero hombre, uno de los artífices de nuestro querido Estado de Israel, e invito a todos los judíos y gentiles justos a que se sumen al tributo. Al mismo tiempo que le pido a Iehuda Perl sepa disculparme esta exposición pública que hice de su persona, para la que no contaba con su autorización, como que tampoco contaba con ella para publicar el fragmento introductorio que sigue, simplemente para manifestarle mi admiración y agradecimiento por su coraje y entrega en pos del gran sueño sionista.


(INTRODUCCIÓN AL ESCRITO Y AL INFIERNO DE IEHUDA PERL)

“Por muchas razones, hablar sobre la infancia que me tocó vivir se convirtió en tabú. Era como si la hubiera colocado entre paréntesis o encerrado para evitar traerla al presente y compartirla, pues cuando los recuerdos venían cobraban vida los sufrimientos que marcaron mi vida, con una huella muy profunda; sobre todo las vivencias relacionadas con mis padres y hermanos, abuelos, tíos y primos, y demás familiares y amigos que perdí para siempre, desde tan corta edad. Revivir el sentimiento de no haber podido contar con su apoyo resulta doloroso, aunque a pesar de todo, tuve mucha más suerte que otros que, tras haberlo perdido absolutamente todo, luego ni siquiera lograron sobrevivir. Este silencio lo conocía Miriam, mi esposa, y también mis hijos, familiares y amigos muy cercanos.

Evité siempre hablar sobre aquello que los alemanes y sus aliados hicieron con el Pueblo Judío en casi toda Europa y que yo padecí personalmente. Me ponía muy nervioso. Innumerables noches desperté con la sensación de que mis padres me querían decir algo importante, o cuando las imágenes de mis hermanos menores venían a mi memoria. Me había convertido en un hombre traumatizado y malhumorado.

Un día que mi hijo menor José, que actualmente vive en Jerusalem junto a su esposa e hijos vino de visita a casa, nos contó sobre su viaje a Europa con unos amigos y colegas y de la visita que habían hecho a los Campos de Concentración. Nos mostró las fotos y videos que había traído. Comentó que tanto él como sus amigos se horrorizaron por lo visto y que el sentimiento que los envolvió fue tan conmovedor que sólo atinaron a prender velas y, sin ser religiosos, todos rezaron por tantas almas inocentes perdidas por obra de la criminalidad nazi.

Esta narración me conmovió a tal punto que sentí que el corazón se me estrujaba, cosa que mi hijo notó sin que tuviese que explicarle nada. Entonces José me pidió, casi exigiéndome, que pusiera por escrito las experiencias que viví en esa época tan triste de mi infancia y adolescencia, argumentando que era necesario y muy importante que mis hijos (a los que siempre intenté proteger trabajando y callando) y mis nietos, conocieran ese pasado que me convirtió en lo que soy y cómo logré salvarme de ese infierno, evitando así que mis padecimientos quedaran en el olvido. Por ello es que decidí, en mi calidad de testigo y actor, escribir sobre aquellos hechos que tan trágicamente marcaron mi existencia.

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