martes, 25 de diciembre de 2007

Israel en la Argentina


Por Alfredo Palacios

Una de las máximas figuras del Socialismo en América Latina y en todo el mundo, Alfredo Palacios, escribió en 1924 este inolvidable texto, previamente a la conformación del Estado de Israel. Este texto y la "Carta a un amigo antisionista" de Martin Luther King (que publicamos a continuación de éste) son dos artículos que enaltecen el espíritu del pueblo judío defendiendo su derecho a autodeterminarse, como todos los pueblos. Ambos textos provienen de dos íconos de la Izquierda y el Progresismo. Concretamente, de las máximas figuras del Socialismo y el Humanismo respectivamente.


Toda la noche había soñado con ese pedazo de Palestina transportado a la República donde miles de judíos, tenaces, obstinados, como todos los de su pueblo, labraban la tierra y eran libres.

Al rayar el alba, monté a caballo; entré en el ancho camino bordeado de árboles que une Palacios a Moisesville, y dos horas después divisaba el caserío entre la arboleda frondosa que daba un aspecto simpático al pueblo israelita.

Era una mañana alegre y llena de sol.

Pasaron a mi lado ancianos venerables, de largas barbas blancas, vestidos con trajes negros graves y severos, llevando debajo del brazo el ritual de las oraciones, camino de la sinagoga.

Los rostros enérgicos con rasgos bien acentuados; las narices aguileñas exteriorizaban una pasión indomable, características de una raza que perdura y que alguien ha comparado con un amianto que ningún fuego de amor y de odio puede consumir. Los ojos eran profundos; estaban llenos de luz, pero de luz de incendio: parecía el fuego heredado de los macabeos. ¿Soñaban acaso, esos ancianos, con la sagrada montaña de Jerusalén? ¿Creían posible reconstruir y retornar a Sión, donde los hijos de su raza matarían el erial para que de nuevo fuera la “tierra de trigo y cebada, de vides e higueras y ganados, tierras de olivos, de aceites y de miel” que exalta el Deuteronomio?

Experimenté una emoción intensa. Estos judíos que pasaban a mi lado, que respiraban a pulmón lleno en la pampa inmensa, eran iguales a los que hace muchos siglos vivían amurallados en las ciudades de Judá.

Perseguidos por todos los pueblos, vejados, humillados, torturados, mordidos por todas las jaurías antes de llegar a este suelo, se habían encerrado en el gueto, y habían supervivido con la misma pasión, con el mismo fuego, con el mismo ideal que orientaba su vida.

Acaso ese ideal se transformaría en sus hijos, al pisar por primera vez tierra de libertad.

La santa luz del sol que eleva la presión de la sangre y alegra nuestro espíritu inundaba Moisesville.

Un joven israelita me llevó a su casa donde reinaba un ambiente de placidez encantadora. Toda la familia rodeaba la mesa. Cuando entré, recitaban la oración de la mañana que terminaba parodiando aquella que pronunciaban sus abuelos en la cautividad de Babilonia: “¡Que nuestros trigos y los trigos de nuestros enemigos no conozcan los malos inviernos!”.

Una moza fuerte de ojos grandes y hermosos leyó en español, pero con marcado acento ruso, en las páginas de la Historia de los judíos, el relato de las persecuciones de que fue objeto su pueblo.

Y terminó así: Cerca de uno de los arcos de London Bridge, bajo del cual camina silenciosamente la corriente hacia el mar, hay un sitio donde las aguas se arremolinan con extraña agitación. Allí, dice la leyenda, en días pasados y terribles, fueron arrojados varios judíos y se ahogaron.

Algunos creían y aún creen hoy que el ruido y remolino de aquellas aguas proceden de los gritos desesperados de las víctimas. Como si esa corriente de agonía que ayudó a ocultar el crimen horrible tuviera conciencia propia y remordimiento a través de los siglos, por haber sido cómplice de la maldad, descubre la tortura secreta que vi martirizándole hasta hoy…

Y la joven, con sus grandes ojos que tenían un marcado tinte de tristeza - tristeza heredada, la honda melancolía de la raza dispersa, que dijera Tácito - , miró por la ventana el inmensurable campo fecundo, donde sus hermanos, llegados de la tierra de opresión, arrastraban libres el arado, y pensó quizás que se había terminado para ellos el desprecio, la burla, que durante veinte siglos persiguiera su raza.


Del semanario El Alba, Moisesville, 1924

La personalidad del dirigente socialista Alfredo Palacios (1879-1966) es ampliamente conocida por su labor política.

El primer diputado socialista de América fue un luchador incansable y pragmático que dignificó a la clase obrera argentina a través de una insobornable actividad pública en defensa de lo que consideraba causas justas y éticas.

Una mañana del otoño de 1924 el joven Palacios llegó de visita a Moisesville, donde los perseguidos por el terror zarista encontraron esa "tierra de leche y miel" que buscaban en sus profecías bíblicas.

En el relato de Palacios, junto a una prosa elocuente y de exquisita sensibilidad, llama también la atención su conocimiento de la historia y la problemática del pueblo judío y su profecía sobre el cumplimiento del sueño de Theodor Herzl: el reencuentro del judío con la tierra en la Patria Bíblica.

Alfredo Palacios visitó Israel en 1948, poco después de su fundación, invitado por el primer ministro David Ben Gurión.

El original del articulo está en el museo de Moisés Ville fue publicado en 1924. Eva Gelbart Rosental ratifico.

Fuente: La Opinión, San Rafaela

0 comentarios. Déjenos su comentario: